NIDO


El malestar pasa cuando separamos cosas que no están separadas o juntamos cosas que no conectan.

La ideología del neoliberalismo lo ha abarcado todo. Es una filosofía individualista focalizada
esencialmente en el yo, y cuyo postulado antropológico principal puede resumirse, según Nicole
Aschoff, en la asunción de que «todos somos actores independientes y autónomos que, unidos por
el libre mercado, construimos nuestro propio destino haciendo sociedad por el camino”.

Paseas por la ciudad y te das cuenta de que hay una arquitectura hostil, un desarrollo urbano
represivo que habla por sí solo. Las ciudades están estructuradas para pasear por escaparates, para
ocultar sus fracasos, para poner fronteras disfrazadas de arbustos o bancos individuales.
Redirigehacia el consumo, hacia el individualismo y el utilitarismo.

¿Imaginas ir por la ciudad a la deriva? Sin rumbo, sin tiempo que cumplir, sin ir a ningún sitio,
simplemente derivar. Imaginemos ir por la calle y parar de repente, no a mirar un escaparate, no a
esperar a alguien, sino simplemente parar sin consumir… No hay espacio para eso. La ciudad
redirige a la prisa y el consumo, a producir.

No hay hueco para estar quieto, estar en silencio… para simplemente estar, sin hacer, sin comprar.
Es agotador. En estos tiempos frenéticos en los que vivimos, industrializados, comercializados,
donde el resultado es más importante que el proceso, donde el fin justifica los medios, y la
robotización domina a la humanización… no se puede respirar.


Vivir la pasividad activa que representa el estar atento y estar presente.
Dos amigos me ayudaron en el proceso y experimentaron el adentrarse en el nido también, así que
la obra fue bastante colaborativa.

Mientras la montábamos íbamos hablando, poniéndonos al día, y una vez hecho el nido eso a penas cambió.

Aún que intentásemos simplemente estar, los ruidos mentales salían a flote todo el rato hasta que en
un momento pasó algo: Algunas de las fotos las hicimos con larga exposición. En ese momento teníamos que estar
completamente quietos durante unos 30 o 60 segundos, así que por esos segundos, por fin
prestábamos verdadera atención al entorno, conectabas mucho con el bosque: de repente te dabas
cuenta la de ruidos que hacían los jabalíes, la de pájaros que cantaban para comunicarse entre ellos,
el frío otoñal que nos envolvía, cómo la noche iba cayendo... Y yo ahí, en un nido, con las hormigas
jugando con los dedos de mis pies, en medio del paisaje. Por unos breves momentos me sentía
dentro del sitio dónde estaba, pero dentro de verdad.


Cuando acabamos y me puse todos los abrigos y los zapatos, sentí la distancia de nuevo, pero esta vez de forma consciente, y me sentí agradecida por haber vivido, al menos por un día una conexión
real con lo que me inspiró a hacer mi escultura: un nido.

Por esta razón también mi obra es una escultura efímera, porque esa reconexión con lo sensible, con lo que va más allá de uno, esa conciencia compartida, ese estar en el mundo que habito cuesta
mucho que sea duradera.


Después de la presentación del proyecto gracias a los comentarios me di cuenta de que quiero
seguir investigando este concepto sin la necesidad de tener que huir. La falta de tiempo o de
recursos implica que la mayoría de las veces deseadas no se pueda salir del frenesí de la ciudad así
que me parece importante que no haga falta para tener un respiro.

A parte de que deberían haber cambios sociales y económicos actualizando los valores que rigen el
mundo para que no haya la necesidad de huir, como eso necesita más tiempo, al menos que de
mientras puedan haber distintos puntos en la ciudad que te permitan esa escapada que te hacen
realmente volver a casa.


Por eso quise realizar en proyecto final en relación a lo que estamos perdiendo por el camino: lo
sensible, la participación, la simbiosis.

Tener un momento en el que solo estás, eres, existes en un espacio del que formas parte.
Habitando el bosque pude apreciar un nido de pájaro. No sé de qué especie era, no tengo ni idea de ornitología, pero lo que me gustó fue la similitud que vi entre el ave y nosotros, los humanos. El ave no está pasivo, se apropia del paisaje para satisfacer sus necesidades, como nosotros, lo que el ave no se impone, hay una simbiosis entre él y su entorno sin ruptura.

Tenía claro que no quería ocupar demasiado espacio ni escavar la tierra, no quería hacer nada que irrumpiera demasiado el ecosistema en el que me estaba adentrando.

Así que el nido me inspiró a intentar hacer lo mismo. Con la
ayuda de palos del mismo bosque para aguantar la estructura
y a través de material cogido de lo natural y transformado
por el hombre en telas (en este caso recicladas) recuperar la
simbiosis ancestral que un día occidente tuvo. Devolver la
materia a su madre mezclándose con ella y con lo que
representa.

No dejo de antropologizar el tema, soy consciente, pero es
que tampoco dejo de ser humana. Simplemente quiero
utilizar este proyecto como excusa para salir del frenesí, y
conectar con algo más grande que yo tratando de utilizar su lenguaje. Crearme un espacio donde
pueda solamente estar.